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jueves, 6 de febrero de 2014
martes, 14 de enero de 2014
INTERESANTE REFLEXIÓN DE REIG PLÁ
REIVINDICACIÓN
DE LA CONCIENCIA MORAL
Oímos constantemente que el aborto es un “drama” para
las mujeres y que es una realidad “muy sensible” que afecta a muchos. ¿Por qué
es un drama? Lo calificamos como drama porque lo que está en juego es la vida o
la muerte de un hijo, de un ser humano inocente e indefenso. Si no creyéramos
en la resurrección y en la vida eterna, para el concebido no nacido tendríamos
que hablar de tragedia porque, en caso de aborto, su único horizonte es la
muerte. Hablamos de drama para la mujer embarazada y de realidad “muy sensible” porque el aborto conlleva mucho
sufrimiento para la madre y, hemos de suponer, para el padre de la criatura y
los entornos familiares y amigos de la mujer embarazada. Si en este año de 2014
se va a llegar a los dos millones de abortos registrados en las estadísticas en
España desde 1985, podemos imaginar que esta herida del aborto afecta a
muchísimos españoles. Si a ello añadimos el sufrimiento del síndrome postaborto
que acompaña a tantas mujeres, no cabe ninguna duda de que nos enfrentamos ante
un colosal problema.
¿Qué podemos
hacer ante este problema y ante tanto sufrimiento? La solución de los partidos
políticos llamados de izquierda presentes en el parlamento español y la
propuesta de los sindicatos mayoritarios va en la dirección de afirmar el
aborto como un derecho de la mujer y favorecer el mayor permisivismo de las
leyes. Frente a esta postura el
Partido Popular -desconocemos si con la ayuda de
algunos grupos minoritarios del parlamento o con el apoyo de otros diputados- se propone aprobar una nueva ley que teóricamente parece más
restrictiva y que quiere señalar la importancia jurídica del concebido y no
nacido. Esto ha provocado la reacción de algunos representantes del Partido
Popular indicando que el anteproyecto debe abrirse a ser corregido buscando un
mayor “consenso”.
Si analizamos
bien los hechos podemos concluir que la cuestión de la vida o la muerte de los
inocentes concebidos-no nacidos se pone a merced del juego político de mayorías
y minorías sin afrontar la cuestión de fondo: el aborto es un crimen, es la
muerte de un ser humano inocente provocada por la libertad despótica de quienes
tienen la responsabilidad de protegerlo -el padre, la madre y los médicos-, y
avalada por las leyes de un llamado hipócritamente “Estado de derecho”. ¿Cómo
es posible tanta incongruencia?
La razón de lo
que está pasando y la explicación de la anestesia de la sociedad española hay
que buscarla en la crisis de la “verdad” que venimos sufriendo en este momento
calificado de postmoderno o postcristiano. La crisis de la “verdad” y la
debilidad de la razón para abrazarla ha conducido a lo que el Papa Benedicto
XVI llamaba la “dictadura del relativismo”. Este virus maligno se ha
introducido en la “cultura hegemónica”, en la política y en la vida de las
personas a base de transformar la conciencia moral en mero subjetivismo o simple ejercicio de una libertad
individual creadora del bien o del mal. Pero ¿es esto así?
Para deshacer
este entuerto que conduce al nihilismo conviene recordar que la conciencia
moral es “discípula” y no “maestra” de la verdad. Quien obliga y debe dirigir
la conducta humana es la verdad que resuena y es personalizada en la conciencia
moral. Por eso lo propio de la conciencia es “oír” y por tanto seguir la
verdad, obedecer (ob-audire). No es la arbitrariedad sino la “verdad” lo que
pone en pie al hombre y hace digna y habitable (ecología) una sociedad. “A
quienes querrían negar la
existencia de la conciencia moral en el hombre, reduciendo su voz al resultado
de condicionamientos externos o a un fenómeno puramente emotivo, es importante
reafirmar que la calidad moral de la acción humana no es un valor extrínseco u
opcional, ni tampoco una prerrogativa de los cristianos o de los creyentes,
sino que es común a todo ser humano. En la conciencia moral Dios habla a cada
persona e invita a defender la vida humana en todo momento. En este vínculo
personal con el Creador está la dignidad profunda de la conciencia moral y la
razón de su inviolabilidad” (Benedicto XVI, Discurso a la Asamblea General de
la Academia Pontificia para la vida, 26-2-2011).
La cuestión del
aborto que provoca la muerte de un ser humano inocente y daña a las madres debe
ser sacado del juego de mayorías o minorías. Este es un tema -la vida humana-
anterior al parlamento y que debe fundamentar todo el orden constitucional
encaminado a la protección y cuidado del bien humano que comienza con el
“derecho a la vida”.
Este no es el
momento del debate de pareceres o consensos extraños, sino el momento de
reconocer lo que la biología y la genética nos han hecho descubrir. No
reconocer la vida humana y protegerla desde el inicio es ponerse de espaldas a
la realidad. Por eso, más allá de las soluciones pseudopolíticas, reivindico los
derechos de una conciencia moral rectamente formada; es decir, una conciencia
capaz de conocer la verdad y obedecerla. Es esto lo que puede engrandecernos a
todos y, de manera especial, a las mujeres. Es hora de que florezca en la
sociedad española un gran movimiento de mujeres que pongan de manifiesto el
“genio femenino” y reivindiquen sus vientres como el lugar más seguro para que
florezca la vida humana y sea custodiada. Acoger a un hijo es acoger a una
persona, el mayor don humanamente hablando; de ahí deriva la importancia de la
maternidad y de a paternidad.
España está en
estos momentos en una encrucijada.
Es el momento de apostar por el triunfo de la vida o la permanencia de la
cultura de la muerte. El Partido Popular tiene la gran posibilidad histórica de
iniciar el cambio de rumbo en Europa. Yo apelo, con humildad, a la conciencia
moral de todos los diputados y senadores de los distintos partidos políticos en
España. Si la conciencia, como nos recordaba Benedicto XVI, “se reduce al
ámbito de lo subjetivo, al que se relegan la religión y la moral, la crisis de
occidente no tiene remedio y Europa está destinada a la involución. En cambio,
si la conciencia vuelve a descubrirse como lugar de escucha de la verdad y del
bien, lugar de la responsabilidad ante Dios y los hermanos en humanidad, que es
la fuerza contra cualquier dictadura, entonces hay esperanza de futuro”
(Discurso en Zagreb, 4-6-2011).
España envejece
y está perdiendo población. Necesitamos por tanto promover entre todos una
cultura de la vida que enaltezca la maternidad y procure la ayuda real a las
madres. En cualquier caso, nos recuerda el Papa Francisco, “no es progresista
pretender resolver los problemas eliminando una vida humana” (Evangelii gaudium, 214). Nuestros
políticos harían bien en considerar los pasos del que es su patrono, Santo
Tomás Moro, el gran campeón de la conciencia moral rectamente formada.
X
Juan Antonio Reig Pla
Obispo de Alcalá de Henares
miércoles, 8 de enero de 2014
PASADO O ACTUALIDAD
Por su indudable actualidad, merece la pena rescatar elbrillante
artículo que el gran Miguel Delibes escribió en ABC el 20 de
diciembre de 2007.
En estos días en que tan frecuentes son las manifestaciones en
favor del aborto libre, me ha llamado la atención un grito que, como una
exigencia natural, coreaban las manifestantes: «Nosotras parimos, nosotras
decidimos». En principio, la reclamación parece incontestable y así lo sería si
lo parido fuese algo inanimado, algo que el día de mañana no pudiese, a su vez,
objetar dicha exigencia, esto es, parte interesada, hoy muda, de tan importante
decisión. La defensa de la vida suele basarse en todas partes en razones éticas,
generalmente de moral religiosa, y lo que se discute en principio es si el feto
es o no es un ser portador de derechos y deberes desde el instante de la
concepción. Yo creo que esto puede llevarnos a argumentaciones bizantinas a
favor y en contra, pero una cosa está clara: el óvulo fecundado es algo vivo,
un proyecto de ser, con un código genético propio que con toda probabilidad
llegará a serlo del todo si los que ya disponemos de razón no truncamos
artificialmente el proceso de viabilidad. De aquí se deduce que el aborto no es
matar (parece muy fuerte eso de calificar al abortista de asesino), sino
interrumpir vida; no es lo mismo suprimir a una persona hecha y derecha que
impedir que un embrión consume su desarrollo por las razones que sea. Lo
importante, en este dilema, es que el feto aún carece de voz, pero, como
proyecto de persona que es, parece natural que alguien tome su defensa, puesto
que es la parte débil del litigio.
La socióloga americana Priscilla Conn, en un interesante ensayo,
considera el aborto como un conflicto entre dos valores: santidad y libertad,
pero tal vez no sea éste el punto de partida adecuado para plantear el
problema. El término santidad parece incluir un componente religioso en la
cuestión, pero desde el momento en que no se legisla únicamente para creyentes,
convendría buscar otros argumentos ajenos a la noción de pecado. En lo
concerniente a la libertad habrá que preguntarse en qué momento hay que
reconocer al feto tal derecho y resolver entonces en nombre de qué libertad se
le puede negar a un embrión la libertad de nacer. Las partidarias del aborto
sin limitaciones piden en todo el mundo libertad para su cuerpo. Eso está muy
bien y es de razón siempre que en su uso no haya perjuicio de tercero. Esa
misma libertad es la que podría exigir el embrión si dispusiera de voz, aunque
en un plano más modesto: la libertad de tener un cuerpo para poder disponer mañana
de él con la misma libertad que hoy reclaman sus presuntas y reacias madres.
Seguramente el derecho a tener un cuerpo debería ser el que encabezara el más
elemental código de derechos humanos, en el que también se incluiría el derecho
a disponer de él, pero, naturalmente, subordinándole al otro.
Y el caso es que el abortismo ha venido a incluirse entre los
postulados de la moderna «progresía». En nuestro tiempo es casi inconcebible un
progresista antiabortista. Para estos, todo aquel que se opone al aborto libre
es un retrógrado, posición que, como suele decirse, deja a mucha gente,
socialmente avanzada, con el culo al aire. Antaño, el progresismo respondía a
un esquema muy simple: apoyar al débil, pacifismo y no violencia. Años después,
el progresista añadió a este credo la defensa de la Naturaleza. Para el
progresista, el débil era el obrero frente al patrono, el niño frente al
adulto, el negro frente al blanco. Había que tomar partido por ellos. Para el
progresista eran recusables la guerra, la energía nuclear, la pena de muerte,
cualquier forma de violencia. En consecuencia, había que oponerse a la carrera
de armamentos, a la bomba atómica y al patíbulo.
El ideario progresista estaba claro y resultaba bastante sugestivo
seguirlo. La vida era lo primero, lo que procedía era procurar mejorar su
calidad para los desheredados e indefensos. Había, pues, tarea por delante.
Pero surgió el problema del aborto, del aborto en cadena, libre, y con él la
polémica sobre si el feto era o no persona, y, ante él, el progresismo vaciló.
El embrión era vida, sí, pero no persona, mientras que la presunta madre lo era
ya y con capacidad de decisión. No se pensó que la vida del feto estaba más
desprotegida que la del obrero o la del negro, quizá porque el embrión carecía
de voz y voto, y políticamente era irrelevante. Entonces se empezó a ceder en
unos principios que parecían inmutables: la protección del débil y la no
violencia. Contra el embrión, una vida desamparada e inerme, podía atentarse
impunemente. Nada importaba su debilidad si su eliminación se efectuaba
mediante una violencia indolora, científica y esterilizada. Los demás fetos
callarían, no podían hacer manifestaciones callejeras, no podían protestar,
eran aún más débiles que los más débiles cuyos derechos protegía el
progresismo; nadie podía recurrir. Y ante un fenómeno semejante, algunos
progresistas se dijeron: esto va contra mi ideología. Si el progresismo no es
defender la vida, la más pequeña y menesterosa, contra la agresión social, y
precisamente en la era de los anticonceptivos, ¿qué pinto yo aquí? Porque para
estos progresistas que aún defienden a los indefensos y rechazan cualquier
forma de violencia, esto es, siguen acatando los viejos principios, la náusea
se produce igualmente ante una explosión atómica, una cámara de gas o un quirófano
esterilizado.
Miguel
Delibes
sábado, 4 de enero de 2014
PANADEROS POR LA VIDA
Una nueva panadería, y ya son tres, se ha sumado a nuestra campaña publicitaria "Panaderos por la Vida". Se trata en este caso de la regentada por D. Juan Caballero López y que está situada en la calle del Barco de Cieza. Como en los casos anteriores, bajo el lema "Los hijos traen su pan bajo el brazo" los responsables de este establecimiento dicen Sí a la Vida y colaboran con nuestra asociación, compartiendo nuestra publicidad con la suya en la furgoneta de reparto.
Durante estas fiestas navideñas, miembros de Cieza + Vida posaron con el propietario de la panadería junto al vehículo recién rotulado, una Berlingo que ha quedado preciosa.
¡MUCHAS GRACIAS!
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